Universalistas
lunes 25 de mayo de 2009
© Sergio Plou
Artículos 2009

    Aunque nunca me ha gustado del todo el trasfondo de esta expresión, desde muy pequeño sentí que era «ciudadano del mundo». No es que mis padres hayan sido diplomáticos, exploradores ni viajeros, se trata más bien de una versión emocional de los apátridas. Según las Naciones Unidas, se calcula que existen alrededor de quince millones de personas que viven sin que sus países de nacimiento o acogida reconozcan su nacionalidad y para los cuales, sin duda, el mero hecho de sentir en sus propias carnes la ciudadanía universal es a menudo un suplicio constante. La otra cara del romanticismo, en un planeta sembrado de banderas y pasaportes, coloca a los planetarios en una postura incómoda. Una de las escasas ventajas éticas que teníamos por haber nacido en esta península mediterránea, era el complejo benefactor de causas perdidas que empujaba a los jueces de la Audiencia Nacional a ocuparse de los guatemaltecos o los tibetanos. Su persistencia en juzgar los casos de «lesa humanidad» dejaba con el culo al aire al gobierno, generándole sordos conflictos diplomáticos con jefes de otros países, que podían ser acusados de tiranía, genocidio y demás perlas, mientras nuestros políticos callaban sus desmanes. Actualmente, y salvo que demuestren los magistrados que se han comprometido intereses nacionales o se vulneran derechos de ciudadanos con pasaporte español, cualquier procedimiento se entenderá fuera de su jurisdicción y por lo tanto nulo de pleno derecho. Es toda una desgracia.
    Cada día que pasa resulta más absurdo patear el mundo con la cabeza alta. Esos papelitos de colorines, donde se afirma que procedemos de un país europeo y a cuyo desarrollo sanitario contribuimos con los impuestos, seguirá despertando atolondradas simpatías en el extranjero. En muchas ocasiones se debe a cuestiones tan peregrinas como el flamenco, el fútbol y los toros, aficiones donde un servidor habla sólo por boca de ganso. La generalización de los tópicos permite los encuentros pero a la hora de profundizar en la manera de ser dificulta la comunicación de los individuos. Recuerdo que un maestro de clown, recientemente desaparecido, decía que «todas las personas son raras cuando las vemos de cerca». Y es una verdad muy certera. A mí no me caían mal estos jueces tan raros que se preocupaban de investigar y poner en aprietos a parte de la chusma que gobierna el mundo. Ganaban un pastón y rara vez tenían éxito, pero al cruzar la frontera, su trabajo revalorizaba mi pasaporte, un documento ridículo que los guardias siempre se empeñan en manchar de tinta.

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