Sin noticias de Mariano
martes 29 de noviembre de 2011
Sergio Plou

  Hace una semana que se realizaron las elecciones y seguimos sin noticias de Mariano, ese hombre que, en un abrir y cerrar de ojos, iba a niquelar el país. Sabemos que Mariano salió a la balconada de la calle Génova, flanqueado por su esposa y rodeado de sus colaboradores, mientras los altavoces tronaban que «ésto es África», entusiasta estribillo de Shakira que el pinchadiscos de la celebración insufló en los corazones y las gargantas (vía auditiva) hasta que se nos saltaron las lágrimas. Transmitida en vivo y en directo por los telediarios, jamás soñé contemplar semejante venganza y todavía me hago cruces pensando dónde habrán escondido al director de la banda sonora, la que pasará a la historia del esperpento global. Resulta impúdico negarle sus cinco minutos de gloria, tanto o más que sustraernos a la dicha de jalear al nuevo líder por su triunfo. Sobre todo cuando la última imagen que nos brindó guarda un sabor agridulce.

  Tras pegar unos brincos en el balcón, Mariano discrepó de manera sucinta sobre la conveniencia de que una madre reciente —una de sus jefas— tuviese también que dar botes para complacer al populacho, dejando caer que estaba convaleciente y que, como mucho, podría saludar desde la barandilla. Esta diatriba sirvió de pábulo en las tertulias, donde se levantaron apasionadas discusiones en torno al permiso de maternidad pero Mariano jamás pudo explicar sus dudas al respecto porque desde entonces se encuentra en paradero desconocido. Antes de que se lo tragara la tierra, lo último que recuerdo es que nos endosó un discurso. No podría destriparlo en su integridad porque suele aburrir a las ovejas pero deduje de sus palabras que su mandato no iba a ser una fiesta, de modo que igual se ha muerto el hombre de éxito y nos lo están ocultando. Los periodistas más afines, para evitar los rumores y las maledicencias, llegaron a contar de Mariano que se puso de inmediato a la faena, encerrándose a cal y canto en su despacho, recibiendo allí las felicitaciones de los colegas y estableciendo un calendario de futuras obligaciones, tarea que le condicionará hasta las vísperas navideñas, cuando los niños de san Ildefonso canten el gordo y nos caiga la pedrea.

   Tantos secretos, llamadas telefónicas y reuniones taimadas, tanto ir y venir sin dar la cara, da mala espina, lo sé. Ante la victoria, y dentro del temperamento peninsular, lo más frecuente es ponerse hueco y ufano. Es imposible encontrar algo más hueco que el programa electoral de Mariano, y eso que lograron escribirle más de cien folios alrededor del título, pero una vez ganada la partida se esperaba un detalle, un gesto medianamente ejemplificador, un pésame para averiguar por dónde irán los tiros. Encerrándose entre cuatro paredes sólo ha conseguido ofrecer la triste impresión de que no se atreve a coger la sartén por el mango. Y en este silencio borroso, zozobrando en un mar de dudas, la única letanía que surge de las entrañas del poder es el aviso de «agarrarse fuerte porque vienen curvas». Se desliza un mantra recurrente, gracias al cual se nos previene ante todo tipo de recortes y desgracias colectivas, sin que el nuevo jefe se digne a abrir el pico para despejar el horizonte. Parece pues que vivimos en un país con dos gobiernos en funciones: el que eternamente se va y el que no acaba de llegar nunca. Es fácil deducir que no tenemos ninguno o que hay dos al mismo tiempo. Se insinúa incluso que, con los políticos que nos ha tocado en suerte, sólo aspiramos a medio gobierno para cada partido, o lo que es lo mismo, un gobierno de concentración. Igual es una táctica disuasoria, la búsqueda de la invisibilidad ante los mercados, pero esta situación refleja como ninguna el colmo del bipartidismo.

   Entre una palada de cal y otra de arena, los medios afirman un día que conviene acelerar el relevo y a la jornada siguiente prefieren que se cumpla el plazo legal para que no cunda el pánico. El presente de los políticos funciona mucho más despacio que la realidad económica, la cual tiende a expresarse de forma aumentada. Haciendo cálculos de asombrosas variables, los más finos analistas han llegado a predecir que Mariano, si hace lo que debe y nos sumerge en la ruina caracolera, apenas aguantará seis meses en el poder. Y menos aún si empieza repartiendo caña. Desde que tuve acceso a esta información, dicho conocimiento me entorpece como un orzuelo toda la panorámica.

  Mediante la fantasía electoral, los amigos de Mariano lograron —con más o menos los mismos votos que en elecciones anteriores— una mayoría absoluta en las dos cámaras y antes siquiera de sentarse en la poltrona sus perspectivas de futuro se han disipado hasta rozar la parodia. Nunca, que yo recuerde, se había puesto una fecha de caducidad tan baja a un ganador tan contundente, igual por esa razón no le crece la barba. Aunque siempre cabe la posibilidad de que le hayan secuestrado los cirujanos y aparezca ante el público con media papada, me temo que está desarrollando en soledad un novedoso concepto de la cocina moderna. Se trata de poner una olla al fuego y que los votantes vayan echando allí todos sus huesos para dar sabor al caldo.

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