El Cuaderno de Sergio Plou

      

miércoles 11 de junio de 2014

Otra vuelta de tuerca




    Un periodista del sistema le pone la alcachofa en la jeta a un político y le pregunta: ¿usted se considera de la casta? Qué te va a contestar, alma de cántaro, ¿que no le consta? Hazle la misma pregunta a un juez del tribunal supremo o del constitucional, a ver qué te dice. O a un teniente general del ejército. Vete después a una multinacional de la construcción o de la energía, pregunta por el jefe y haz tres cuartos de lo mismo en alguna entidad financiera. También valen los terratenientes y los cardenales, que la casta es muy prolija. Al margen de lo que te respondan todos ellos, y a fuerza de preguntar, seguro que obtendríamos un retrato, una caricatura de esa casta de la que tanto se habla. La casta, al fin y al cabo, no es otra cosa que una oligarquía, eso que antes se denominaba la “jet” o los “vips”, una pandilla que defiende y prima sus intereses frente a los del conjunto de la sociedad, con su alegre pelotón de nuevos ricos y advenedizos pero también con los viejos chupópteros y correveidile, los linajes familiares y su correspondiente tropa de esbirros bien pagados. Por eso es importante identificar a cada uno de los sujetos que la sustentan, la proyectan y la componen. Por sus actos la conoceréis.

    A menudo hablamos de la casta cuando nos referimos al 1% de la población, un porcentaje minúsculo que disfruta de sus privilegios sin rendir cuentas a nadie, pero pocas veces subrayamos a ese 5% de colaboracionistas, los que aspiran a lo mismo mientras prestan sus servicios. Sin esa gente, la casta de este país no hubiera sido intocable durante décadas, viviendo con impunidad y ostentación, por encima de sus posibilidades y de las nuestras, reduciendo la democracia a un guiñol y aprovechándose sin escrúpulos de las circunstancias. Toda esta gentuza vive tan holgadamente que ha llegado a creer que su estado de felicidad es algo connatural al cargo que ocupan. Sólo así se comprende la magnitud de los escándalos y la estafa tan descarada que estamos sufriendo el resto, gracias a su desmesura y desfachatez hemos llegado a enterarnos de sus caprichos y sus mangancias, que no son pocas.

    Así que el concepto de casta no es sinónimo de político, desde luego. Hay políticos que son de la casta y muchos otros trabajan de manera obediente para ellos, pero no todos. A la mayoría de los dóciles y bien mandados los hemos visto hoy retratarse en el parlamento al votar que sí a la abdicación del rey en su hijo. Y se han quedado tan anchos porque es lo políticamente correcto. Es muy fácil defender el orden establecido, sigues la hoja de ruta de la troika y allá te las den todas. Al Banco Central Europeo, al Fondo Monetario y al Banco Mundial les interesa que seamos buenos chicos. Que no haya cambios en la cúpula y si los hay que sea para recibir más de lo mismo. Más recortes para la gente y más pasta para los bancos, que son un pozo sin fondo. No me extraña que las empresas del Ibex, en los tres primeros meses del año, hayan registrado unas ganancias de siete mil y pico millones de euros. Tampoco me extraña que, justo el mismo día de la información anterior, el juez Ruz encuentre en Suiza dos nuevas cuentas de Bárcenas. La política y la economía con frecuencia van de la mano en demasiados aspectos y por el roce se contaminan las dos en su defensa de los mercados, esa entelequia que hace progresar a las grandes corporaciones del mismo modo que arruina a las pequeñas empresas.

    Al tejido de esta corrupción se la presenta de manera tan extendida que incluso se embarra en el problema a toda la sociedad civil. Si todos hacemos trampas, ¿no será que nuestros representantes son el reflejo de nuestra propia miseria? Pues no. Es más bien al revés. Basta con hacer un repaso histórico para comprender que los sistemas piramidales crean siempre las mismas estructuras de poder, y con ellas las mismas fórmulas de economía y de control social. Estos periodistas del sistema que van por ahí preguntando a los políticos si se sienten parte de la casta, en un alarde de sinceridad deberían preguntarse también si no estarán haciéndoles el juego. ¿Quién les paga? Si los políticos cobran sus nóminas gracias a los impuestos, lo lógico es que trabajen para el común de los mortales. Pero si además reciben sobresueldos y mordidas, la lógica cambia. Con los periodistas convencionales es más simple, no en vano la mayoría de los grandes medios de comunicación están en manos de esa casta de la que tanto se habla. Y si sabes quién te paga, ya sabes para quién trabajas.