El Cuaderno de Sergio Plou

      


miércoles 2 de julio de 2014

Los vendedores de palabras




    Una amiga me preguntó —hace ya unos eones— que cómo iba viendo el panorama y le contesté, resumiendo y por abreviar, que los socialistas desaparecerían del mapa. Cuando me da el ramalazo profético me pongo imposible y enseguida me arrepiento pero hoy, si me preguntase sobre la situación, tendría menos claro que este partido se fuera a evaporar de las instituciones por simple combustión espontánea. Creo que en su deriva le van a echar pozales de dinero fresco y de publicidad gratuita para ver si asoma la testuz y continúa, per secula seculorum, cumpliendo el rol que le fue asignado y del que todavía se enorgullece: ser el corcho que cierra la botella. No en vano el sistema es un vino añejo que debe criarse en barrica, a resguardo del vandalismo y las inclemencias meteorológicas, por eso dice el señor Madina que necesitan un «shock de modernidad».

Eduardo Madina en Zaragoza | ÁNGEL DE CASTRO | Periódico de Aragón
        A mi lamentable juicio, creo que de modernidad van sobrados y que si necesitan algún tipo de shock podrían empezar por recortarse el sueldo hasta que se parezca, por ejemplo, al salario mínimo o como mucho a la nómina de un profesor de instituto. Sólo de esta forma se darían cuenta de lo que vale un peine y lo mismo deciden entonces incrementar la paga a los demás. No caerá esa breva porque escuchan argumentos similares y los tildan rápidamente como demagogia, negándose así a comprender la contradicción que encierra y lo cómodo que resulta pedir sacrificios a los demás mientras llenas tu propia saca. Comprendo que es más sencillo ejercer de moderno que de socialista, pero yo, en su caso, me lo haría mirar.

    Si lo moderno se antepone por principio a lo clásico y se siente como actual, hasta los diccionarios reconocen que un sujeto se las da de moderno cuando no puede ya presumir de otra cosa o porque, sencillamente, acaba de empezar y todo se le antoja novedoso y etéreo. Pero, ¿cómo se moderniza, por ejemplo, al señor Bono? ¿Y al señor Belloch? Un alcalde como el de Zaragoza, que se queja por la ausencia de fastos en la coronación del nuevo monarca, ¿acaso es modernizable?

    Cuentan que los partidos los forman sus gentes, pero es que hay gentes en ciertos partidos cuyo perfil es tan clásico que hace daño a la vista. Quien acabe llevando las riendas de la socialdemocracia española, tan formal y tan antipática que nos cae gorda, si de veras quiere modernizar algo y no sólo darle un barniz, tendría que empezar a mojarse el culo y ponerse al lado de sus clientes potenciales. Y hablo de clientes con sorna, para ver si de esta manera se interesan por el negocio, porque hoy no sería tan complicado enfrentarse a la herrumbre si los gobiernos socialistas del pasado no hubieran colaborado con saña en la oxidación. Aquellas leyes de la patada en la puerta o la imposición de servicios mínimos en las huelgas, constituyen hoy un andamiaje perfecto para que los carcamales del gobierno disuelvan cualquier protesta. Pelear ahora contra una inercia de décadas nos regalará sin duda momentos de una agonía fascinante, pero no dejan de ser absurdos y además generan acidez.

     Similares en su trapisonda a los peperos, que a fuerza de echar caspa sobre las instituciones su mera contemplación enferma, los socialistas de ahora, como Sánchez o Madina —que estuvo ayer en Zaragoza— son conscientes de que ya no levantan pasiones. Así que, lejos de buscar un eslogan con pegada prefieren actuar como moderados y traga piedras, de ahí que Madina, en su carrera hacia el liderazgo, califique ahora su proyecto como una «esperanza pegada a la realidad». Apenas han transcurrido unos días desde que su contrincante, más joven y goloso, le triplicara en avales, y la promesa de un shock de modernidad se ha transformado ya en una ilusión posibilista. No me imagino lo que nos venderán después, ¿una seriedad atractiva? ¿Una propuesta edificante? ¿Un anuncio de Mimosín?