El Cuaderno de Sergio Plou

      

lunes 11 de marzo de 2013

Inflexión




  La táctica es aguantar el chaparrón y esperar a que amaine. Da igual que llueva pedrisco o venga un tifón, no cambia el temple ni la actitud de los jefes. Tanto el gobierno como la monarquía, pasando por los grandes empresarios y los banqueros, se limitan a evadir sus responsabilidades encogiéndose de hombros y mareando la perdiz. No atienden a razones. No aceptan pruebas ni les interesa cargar con culpas, prefieren soportar el escándalo sin despeinarse mientras chirría la maquinaria de la justicia, una justicia cara y lenta para los que asistimos al lamentable espectáculo sin otra posibilidad que la queja. Al mismo tiempo se vende el estado del bienestar, troceando el bienestar y repartiendo en pedazos el estado, para disfrute y enriquecimiento de unos cuantos. Los yupis de antaño, los reyes del pelotazo, viven ahora en un viva la virgen, a la cual rezan para que arregle sus desgracias porque no está en su voluntad resolverlas.

  Si es deleznable privatizar la sanidad nos enteramos encima de que el negocio está en manos de mafias, gentuza que monta un holding en las Caimán y apalanca allí sus beneficios. A los enfermos les sueltan en los hospitales chuletas averiadas, habas duras como canicas o insalubres sopicaldos. La ciudadanía recibe cada vez menos por los impuestos nórdicos que pagamos, a razón del 21% de IVA. A cambio nos entregan basura para hincar el diente. Haber cotizado durante décadas no garantiza que des con tus huesos en un cajero o que termines durmiendo bajo un puente. Los jefes en cambio se lo llevan crudo en sobornos, y no sólo mediante sobres, sino en salarios que claman al infierno. Lo que ocurre en Iberia, la compañía aérea, es de vergüenza ajena, un síntoma claro de la desolación que rasga al tejido social por los cuatro costados. Incluso han llegado a privatizar el agua en ciudades como Mataró, descubriendo que los dueños de la adjudicataria puentean los contadores de sus domicilios con tal de ahorrarse el pago de su propia factura. ¿No es absurdo?

  Siempre se puede rizar el rizo y la existencia de La Angorrilla —una de las casas forestales de El Pardo, próxima a La Zarzuela— así lo demuestra. En ella se fundió el rey un par de millones del patrimonio nacional, todo para dotarla del suficiente confort y convertirla durante cuatro años en la residencia de su amiga entrañable. ¿Acaso no es vergonzoso? Pues no, ya ven que da igual. Es como aumentar la velocidad permitida en las autopistas, ¿con qué propósito cambian las leyes de tráfico? Tampoco produce pasmo que los socialistas se hagan con la alcaldía de Ponferrada el 8 de marzo, nada que no se pueda arreglar montando otro partido y a otra cosa. Hasta dónde llegará el lamentable episodio de los papeles de Bárcenas, de la Gürtel, de Urdangarín, ¿se apelmazará el choriceo en la mesa de un solo juez? Y si es así, ¿se olvidará de ellas abandonándolas en un cajón? Quién sabe. Resbalando a diario por la pendiente, de una carroña a otra, lo único que se desmantela es el sentido común. No es extraño que los afectados por la hipoteca utilicen ya cualquier oportunidad a su alcance para presionar a la casta política y financiera. Lo mismo les dan la brasa por la calle que en el portal de su domicilio o a las puertas del Ritz, por eso acuden sin hacer distingos a cualquier televisión e incluso reparten pegatinas con el Pronto. La situación no cambia, a lo sumo empeora y como no devalúan la moneda, se devalúa a las personas, que es más fácil. Las personas, mientras tanto, pasamos del hastío a la depresión, de la depresión al asco, del asco a la indignación y así todos los días en un círculo insaciable de malas noticias.