El Cuaderno de Sergio Plou

     

 


Punto Gordo

Tomando el pulso de nuestra salud mental

Estudio de Patricia Mateo y Sergio Plou realizado en 2008




 

Entrevista


Unidad de Transtorno de la Personalidad
Isabel • 4 de febrero de 2008. Lunes a las  11,45 horas. Zaragoza


 

Transcripción

 

   Entramos en la Unidad después de llamar a la puerta.
   La puerta vuelve a cerrarse con llave a nuestras espaldas tras cruzar el umbral.

PG.- Más que a una verdulería, la Unidad se parece a Gran Hermano, ¿no?

Isabel.- Si lo miramos desde la convivencia, ya que conviven en un entorno cerrado, podríamos decir que sí. Lo que pasa que no sé yo si en un Gran Hermano se profundiza tanto como aquí, pero en el terreno de los sentimientos se comparte y se convive durante muchas horas. Algunos momentos son muy intensos.

PG.- ¿Y se echan de menos las nominaciones?

Isabel.- A veces si que hemos tenido que nominar a alguno, pero estamos en un entorno terapéutico.

PG.- ¿Cómo es la convivencia?

Isabel.- En general es buena. De lo que esperas, de lo que lees en los libros o de lo que te cuentan en la carrera e incluso de lo que se habla en los congresos  a lo que realmente viene a la Unidad va una gran diferencia. Tú lees la sintomatología de un transtorno límite, según la DSM-IV, y te preguntas ¿pero cómo se convive con este paciente? A la hora de la verdad, la capacidad de contención de impulsos que tienen es mayor de lo que, por ejemplo, cuentan sus familias. O sea, que no es tan duro como lo pintan. Los que piensan que es muy duro trabajar con los transtornos de personalidad es por desconocimiento.

PG.- ¿No existen prácticas en la carrera, al menos con estos enfermos?

Isabel.- Tenemos unas nociones de la especialidad al entrar a trabajar, pero hemos adquirido formación suficiente como para emprender la tarea. Existe un reciclaje anual, aunque es la experiencia, lo que vas aprendiendo día a día, lo que te hace ser efectiva. Mi manera de trabajar ahora es muy distinta de la que tuve en mis inicios. ¿Y por qué? Porque vas evolucionando progresivamente y  los pacientes responden. Incido en que, al inicio, las expectativas de encontrar problemas mayores no coinciden después con la realidad. Es decir, que venimos a la enfermería preparadas psicológicamente para conflictos más graves. Llegamos a conocer a los pacientes porque pasamos muchas horas con ellos. En una planta de agudos, al no centrarse tanto en los pacientes, la experiencia es distinta. Y en una consulta de terapia individual, todavía lo es más; porque cuánto tiempo comparten con el paciente, ¿una hora?

PG.- ¿Es un servicio “agradecido”?

Isabel.- ¿Para mí? Muchísimo. Claro que a mí me gusta mucho mi trabajo. Yo parto de esta perspectiva: pienso que mi trabajo repercute positivamente en otras personas. Y por lo tanto recompensa. Cuando vuelven -y muchos regresan bien, se adaptan socialmente-, a mí me reconforta. Me refuerza.

PG.- Siendo un programa de dos años, ¿se aprecia tanto la mejoría?

Isabel.- La mejoría, en términos generales, es evidente. A la hora de individualizar encontramos grados entre las personas. Unos avanzan más y otros tienen más recaídas. Hay pacientes que han acabado los dos años de programa y ya están trabajando, llevan una vida normal. Todo depende de las dificultades personales. En la psicoeducación, nunca hablamos de curación sino de adaptación. Los rasgos de personalidad continúan y cada cual debe esforzarse a diario. Dicho esfuerzo, si todo va bien, se va reduciendo paulatinamente. Para que lo entendamos podríamos trazar un símil fuera del terreno psiquiátrico. Imaginemos un diabético, por ejemplo, que lleva ajustada una cuota de insulina que le permite llevar una vida normalizada. A lo largo de su vida, sin embargo, puede sufrir bajadas y subidas de azúcar que haya que compensar en su cuota. Dentro del transtorno de personalidad ocurre algo semejante. Sufrir un bajón emocional no significa que vaya a acabarse el mundo.

PG.- A la hora de adaptarse a la propia Unidad, ¿crees que hay algo que les cueste especialmente?

Isabel.- Sobre todo un par de cosas. Primero, les cuesta no tener contacto con el exterior, básicamente los primeros quince días, debido a que estamos en un establecimiento cerrado. El agobio es real porque nuestras instalaciones, además, son reducidas. Nosotras estamos ya muy acostumbradas al entorno, pero una persona que viene de fuera se encuentra con un espacio reducido que ha de compartir con otras personas y al que no le queda más remedio que adaptarse. Y segundo, les cuesta también asumir las normas de la Unidad y mantener los horarios que rigen su funcionamiento. Hay que tener en cuenta que pueden llegar aquí tras un largo encierro en su propia casa, donde han registrado una  franca inactividad. Recuperar aquí ciertas rutinas y que además sean impuestas, les puede resultar desagradable. Les cuesta cumplir las normas, porque algunas de estas personas se han acostumbrado a hacer lo que han querido a lo largo de toda su vida.

   Alguien llama al teléfono y se interrumpe durante un instante la conversación.

PG.- ¿Cómo funciona la enfermería de la Unidad?

Isabel.- Sería muy largo de explicar, pero a rasgos generales, y a diferencia de los médicos, que trabajan con diagnósticos médicos, nosotras funcionamos con diagnósticos de enfermería. Es decir, nosotras detectamos necesidades en el paciente. Todas las personas tenemos necesidades que cubrir y cuando esas necesidades no se cubren aparece un problema, ya sea de salud mental o de salud física. Nosotras las detectamos, observamos dónde tiene dificultades y qué es lo que debemos de trabajar. A medida que se cubren las necesidades el paciente observa una mejoría en su calidad de vida, una adaptación. Que es lo que perseguimos. Establecemos pues unas fronteras, unas normas, y organizamos una dinámica. Esta dinámica les servirá más tarde, cuando salgan a la calle de nuevo, así que de alguna manera estamos hablando de una labor docente. La imagen que se tiene de la enfermería, en salud mental , es muy incompleta. Está muy alejada de las funciones que realizamos cotidianamente. Pocas personas entienden que en el fondo se trata de una labor pedagógica. Al margen de las malinterpretaciones, podríamos comparar esta tarea a la que hacen los padres. Aquí se ofrece una ayuda. Se entrega una contención psicológica cuando el paciente la necesita.  Se media en los conflictos cuando aparecen, sobre todo en una convivencia tan intensa como ésta, ya sea entre pacientes o de éstos con el personal. Se realiza con ellos la labor docente que surja de los talleres que realizan y como terapeutas de la Unidad en las cuestiones que vayan apareciendo.

PG.- ¿Llevamos escritas en nuestra cara las enfermedades mentales que podamos sufrir? O dicho de otra manera, a tenor de nuestras conductas ¿puede apreciarse a primera vista por la calle?

Isabel.- Las personas que acuden aquí registran unas conductas con un alto grado de desadaptación. Vienen porque detectan la necesidad de pedir ayuda. Si no lo necesitan es difícil que se produzca un cambio. Se nota en los pacientes que ingresan por presión familia, donde prima la presión sobre la motivación de la persona... Yo siempre digo que hay más desadaptados fuera que dentro. Convivimos en la calle con personas que también manifiestan dificultades en el campo psicológico pero, ¿dónde está la diferencia? En el nivel de adaptación. La frontera entre sufrir o no un transtorno de personalidad es una barrera muy fina. Existen personas con rasgos de personalidad patológicos, incluso parejas, que son tan  interdependientes que parecen mantener una relación enfermiza, pero nunca llegan a pedir ayuda porque se aclimatan, se adaptan de tal forma entre ellos que no les supone ningún problema ser así. Es más, nunca llegan a sentir la necesidad de cambiar. Pero desde luego sí que te encuentras gente. Te manejas de alguna manera con cierta deformación profesional, no lo puedes evitar. Tiendes a ver en seguida muchas veces más de lo que hay, a convertir en patológicas conductas que a lo mejor no lo son tanto. Incluso con personas que conoces superficialmente y por lo tanto no puedes hacer valoraciones objetivas.

PG.- ¿Qué horario lleváis?

Isabel.- Enfermería está todo el día. Las auxiliares cambian, pero nosotras tres siempre estamos las mismas, de 8 de la mañana a 10 de la noche, en dos turnos ( de  8 a 3 y de 3 a 10).  El de la noche está cubierto por las enfermeras de arriba.

PG.- Que no haya enfermería por la noche, ¿es por falta de personal o por darle un voto de confianza a los pacientes?

Isabel.- Empezó siendo meramente un problema de recursos económicos, como ocurre en todas las empresas, y ha terminado por no hacer falta.

PG.- ¿A qué se compromete una persona cuando entra como paciente a la Unidad?

Isabel.- Antes de entrar se firma un contrato terapéutico. Lo que denominamos la alianza terapéutica. Se comprometen personalmente a cumplir una serie de normas y actividades. Intentamos evitar que los pacientes entren a la Unidad material que en un momento de crisis o descontrol de impulsos puedan utilizar para hacerse daño. Puede llamar la atención, o  resultar peculiar, que no vayan en pijama pero queremos alejar de su cabeza la idea de enfermedad. Estamos dentro de un hospital pero no funcionamos como en una planta de psiquiatría, sino como una comunidad terapéutica. En este tipo de comunidades los pacientes se responsabilizan de las actividades, tanto de repartir las comidas como de hacerse la cama, tendiendo a que se manejen con la mayor de la autonomías. Cuanto más autónomo sea más poder le estás dando y mayor adaptación tendrá después. No ser tan paternalistas en este sentido y dejar que tomen ciertas iniciativas, como dirigir un taller concreto o decidir qué les interesa hacer en su tiempo libre. Hay que tener en cuenta que algunos pacientes se dejarían llevar demasiado por la dinámica del conjunto. La individualización es fundamental, en ciertas ocasiones se frena un poco a los más lanzados o se empuja a los más retraídos.

PG.- ¿Se entiende fuera la labor que realizáis en la enfermería o existen muchos tópicos profesionales?

Isabel.- Existe una distorsión de la enfermería en general porque, ¿qué es lo que sabe la gente de nosotras realmente? Lo que ven en la series de televisión, para qué nos vamos a engañar. Los medios de comunicación se ocupan poco de las enfermeras. Además somos muy poco reivindicativas, así que tampoco nos favorece. Estoy dejando al margen que nuestra labor aquí es diferente de la enfermería que se practica en una planta de agudos. ¿Por qué? Porque nosotras hemos querido que fuera diferente, no queremos funcionar de otra manera. Hay muchas plantas de agudo donde no se hace nada en la enfermería con los pacientes. Nosotras queremos tener un papel activo.

PG.- Supongo que vosotros, sobre todo al principio, os habréis tenido que poner límites para no involucraros demasiado, ¿no?

Isabel.- Quieras o no, cuando trabajas con transtornos de personalidad, también tienes un cierto periodo de adaptación. Tienes que entender lo que ocurre realmente, por qué se desarrollan determinadas conductas y cómo hay que interpretarlas. No se puede caer en provocaciones absurdas porque existe un peligro de contratransferencia. Los pacientes están proyectando sobre nosotras sus sentimientos. Si no lo tienes presente pueden conseguir que te cabrees o te sientas culpable o te vayas triste a tu casa. Debes controlar este tipo de emociones porque si no serías incapaz de prestarles tu ayuda... hay pacientes que te preguntan, ¿cómo puedes trabajar aquí?  Efectivamente. Si no desconectas, no ayudas. Al principio es inevitable, porque te falta la experiencia directa, y te vas a dormir con los pacientes en la cabeza. Pero luego aprendes a separar la profesión de tu vida privada. Te proteges. Aunque eso no quita que a los pacientes, por el tipo que conforman y  por la intensidad que vives con ellos, acabes cogiéndoles cariño.

PG.- ¿Cuántos años llevas trabajando en la Unidad?

Isabel.- Tres en Transtorno de  Personalidad  y un año en agudos de Psiquiatría. Dentro de la entrevista, me gustaría resaltar nuestro papel porque, en cuanto a su utilidad,  es muy diferente al que realizan en el pabellón de agudos. Me gustaría contagiar este entusiasmo a los que piensan que no se puede hacer mucho en el campo de la enfermería. Cuando acudimos a congresos y nos relacionamos con personal de otras ciudades, nos damos cuenta de que existe una gran distorsión: en cuanto a la realidad de nuestros pacientes y en cuanto a las funciones propias de nuestra profesión. Si reportajes como el que estáis elaborando sirven para concienciarnos, no sólo en materia de enfermería sino también para divulgar la realidad del transtorno de la personalidad entre la ciudadanía y terminar un poco con los tópicos, ¡chapeau!  Los medios de comunicación no se dan cuenta en estos casos de que la información es poder y que hay que ser muy cautos a la hora de formular según qué noticias.


 



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