El berrinche
lunes 27 de julio de 2009
© Sergio Plou
Artículos 2009

    Antes de los pactos de la Moncloa, allá por la prehistoria democrática, cuando se reunían los sindicatos y la patronal con el gobierno, era común que saltaran chispas. Los agentes sociales —los representantes de los currelas y de los jefes— se sentaban a la misma mesa intentando que el gobierno asumiera sus quejas y demandas. Era la dura época de Adolfo Suárez. Hace cuatro años que había terminado la crisis del petróleo y la gente comenzaba a oír esa extrañísima retahíla de palabrotas —como coyuntura, inflación y fuga de capitales— que, a medida que iban saliendo de la boca de los políticos, se las iban aprendiendo los periodistas para repetirlas constantemente en los telediarios de antaño.
    Los televidentes, a partir de octubre de 1977, tuvieron que reciclar su léxico a marchas forzadas. Este fenómeno se ha ido actualizando desde entonces hasta hoy, cuando nos hemos acostumbrado de tal manera a llamar a las cosas por otro nombre que apenas caemos en la cuenta. Supongo que los apelativos tradicionales eran tan descarados que daba grima pronunciarlos. A este fenómeno lingüístico se le denominó después con cinismo «poética financiera».
    Todo un clásico de los ejemplos estriba en que no es lo mismo poner de patitas en la calle a los trabajadores —o empleados— que flexibilizar las plantillas. Escuchando la segunda acepción resulta inevitable que venga a la memoria un zapatero pasando por la horma el calzado, esmerándose mediante un muelle para aumentar unos milímetros el cuero y nos quepa el pie sin necesidad de crear rozaduras ni gastar los cuartos en tiritas. La plantilla tiene que ver también con el apoyo del pie dentro del calzado, para aumentar su comodidad y evitar los malos olores, incluso para cubrir los agujeros de una suela. Es más caro que te peguen unos filis que adquirir una plantilla, así que puede ser una opción aceptable comprar una plantilla mientras llega la pasta. Si además es flexible, miel sobre hojuelas, porque todavía durará más. La similitud entre los zapateros y los empresarios, o entre los trabajadores y el calzado, apenas enternece a nadie. La imagen de un limpiabotas aún es difícil de extirpar del imaginario colectivo, como el puro y la chistera de los chistes de El Roto.
    Gracias al pacto de la Moncloa, no sólo se estabilizó políticamente el país sino que se calzaron las gruesas vías de la pacificación laboral para unas décadas. O, dicho en romance de poética financiera, los sindicatos pasaron a formar parte del tejido empresarial poco a poco pero muy intensamente, hasta hacer cumbre durante la época de Felipe González. Salvo que los negocios se hundan —y a veces ni queriendo— los sindicatos mayoritarios no moverán un músculo en favor del beneficio real de sus afiliados. Otro asunto es que no lo hagan en beneficio propio. La causa es muy simple: hace años que son un eslabón más del engranaje. Muchas de las reuniones que ahora tienen los líderes de los sindicatos con los de la patronal son francamente amigables. Nadie imagina que sean distintas.
    La economía y el apaño artesanal han ido de la mano en la jerga de los empresarios hasta que nacieron las agencias bursátiles y los diseñadores financieros. Los técnicos en la materia, frecuentemente tiburones a la caza de suculentos bocados, llevaban en su maletín maravillosos eufemismos que tuvimos que ir aprendiendo con rapidez para saber de qué diablos hablaba esta gentuza. Ahora los sindicatos y los empresarios emplean el mismo lenguaje y por eso llama la atención que últimamente no se pongan de acuerdo.
    Las últimas declaraciones de la CEOE, a propósito de que el presidente del gobierno, el señor Zapatero, había sufrido un berrinche, resultan muy aleccionadoras. En la actualidad es inconcebible no estar de acuerdo en cuestiones económicas. Sólo cabe sufrir una llantina, un disgusto que se manifiesta en los niños aparatosamente. Ante una conducta tan infantil, los adultos sólo deben mantenerse firmes, tarde o temprano se les pasa el sofocón y vuelven al redil más mansos que unas ovejitas.
    La patronal se ha subido tanto a la chepa del gobierno que no guarda ningún respeto al presidente, cachondeándose en público de sus enfados al calificarlos de berrinches. Los políticos, para los jefes, han llegado a ser simples intermediarios y no conciben que al apretarles las tuercas les dé la tarantela. Es más, cuando se quejan de Zapatero en la Prensa es porque a los periodistas también los pagan ellos con sus anuncios, y va siendo hora de que muestren un poco de agradecimiento. El cuento de que van pidiendo por ahí el despido libre es una falacia. A quién se le ocurre, por favor. Lo que realmente quieren es que sea también gratuito, flexible de verdad, al más viejo estilo norteamericano. El problema es que se han topado con un gobierno gazmoño, cursi y niñato, al que hay que aguantar sus caprichos pasajeros, berrinches y tontadas. Pero bueno, ya amainará el temporal y conseguirán los jefes que les paguen por despedir a la gente, que en definitiva es de lo que se trata.

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